Estamos inmersos en una sociedad que creó mecanismos
blindados para hacernos esclavos de nuestras falsas
necesidades, de nuestras emociones y de reverenciarnos, si
acaso, en un culto de Dios cómodo, que sólo sustenta su
forma irreal, desde la que sólo se manifiesta amparo y
asistencia –básicamente- sobre nuestras condiciones físicas
y materiales, sabiéndonos ya adscritos en su esencia a
través del espíritu y el alma.
¿Es así? ¿Somos en Dios? ¿Contamos con una garantía
inefable sobre Él? Y en tanto así lo consideremos, así es. El
asunto es que no son muchos los que tratamos de activar y
mantener la asociación directa con el Creador. El resto se
conforma con recrear la vida tal y como la conoce, como
está presente desde los patrones creados a partir de la
errática interpretación que hoy se hace de la existencia. ¿Cómo convencernos de lo contrario?
Y es cuando el Juego Divino se ordena, a través de la
correlación tácita e ineludible que nos alcanza. Es un logro.
Se trata de una expresión del Ser poderosa, la confinación
exacta hacia la reconstitución interna, la salvación implícita,
la conversión justa, el retorno previsto.
Cada quien se alienta en base a su formulación, a lo que
ha creado en función de su experiencia y, determina
entonces, creer, plegarse al precepto invisible que libera al
Hombre de su propia culpa y lo hace adherirse al concepto
inextinguible de la Verdad: Dios existe, y sí, existe, existe
en todos, en la forma perfecta de la entrega, en la
cuadratura exacta de nuestra creación, en el sentir único de
nuestra alma dispuesta en Él.
Sí, Dios existe a partir de lo que somos, esa es la Verdad.
Om Namaha Shivaya !!! |